
Todo el esfuerzo del Concilio por clarificar la fe cristiana, por poner orden mental y autenticidad en las manifestaciones de los creyentes, lo echan a perder unos maniáticos, o fanáticos, o gente aprovechada Dios sabe para qué.
El fanático hace de la religión un baluarte de sus inseguridades psíquicas; toma a Dios como posesión segura y le mete en su bolsillo; cree pertenecer al grupo de los elegidos y se arroga la exclusividad de la verdad. Y en nombre de ese dios y de esa verdad, el fanático se vuelve agresivo, casi siempre violento, sin capacidad de respetar a la persona humana y sin posibilidad de diálogo. El fanático no es libre, ni permite que sean libres los demás.
¿Es una enfermedad o es un pecado el fanatismo? Lo que está fuera de toda duda es que es una desgracia, y un grave peligro para las demás personas y para el país. Dios nos libre de los fanáticos, sobre todo en religión.