Es el estado de la mente en el que tenemos como verdadero el conocimiento o la experiencia acerca de un suceso o cosa.
El contenido de la creencia contiene una proposición lógica, y puede expresarse mediante un enunciado o como una afirmación.
Puede estar en nuestro inconsciente, no es necesario que se formule lingüísticamente como pensamiento.
Pero como tal actúa en la vida psíquica y en nuestro comportamiento orientando nuestra inserción y conocimiento del mundo.
Son variadas: Externas, cuando se originan en explicaciones culturales recibidas para la interpretación y comprensión de ciertos fenómenos y la comprensión determinada de ciertos discursos. Internas, cuando surgen del propio pensamiento, experiencia y convicciones.
Las creencias no son siempre voluntarias, pues necesitamos asociar nuestra experiencia de la realidad con unas creencias racionales como teorías que eviten las contradicciones cognitivas y justifique nuestros comportamientos.
Se consideran dos formas fundamentales de formulación de las creencias:
Creer que... sobre la verdad de un contenido. “Creo que la tierra es redonda”
Creer en..., que, a su vez tiene dos formas diferentes:
Creer en una persona, en el sentido de "confianza" o "seguridad en ella": Me fío de...; creo en su habilidad para hacer tal cosa.
Creer en la existencia de algo: creo en las brujas
Muchas personas tienden a pensar que sus creencias son universalmente ciertas y esperan que los demás las compartan.
No se dan cuenta que el sistema de creencias y valores es algo exclusivamente personal y en muchos casos muy diferente del de los demás.
Nosotros no vivimos la realidad en si, sino una elaboración mental de la misma.
Lo que hace que la vida sea un constante manantial de esperanza y ricas alternativas o una inevitable fuente de sufrimiento.
Lo que vivimos tal como lo vivimos, depende más de la representación y elaboración de nuestro mapa mental, que del territorio "real" en sí.
Por lo tanto el mapa no es el territorio.
A través de nuestro sistema de creencias y valores damos significado y coherencia a nuestro modelo del mundo, al que estamos profundamente vinculados.
Cuestionar una de nuestras creencias puede desestabilizar todo el sistema al afectar a aquellas otras que se derivan o están relacionadas con ella.
Esta es la razón por la que somos muy reacios, en muchas ocasiones, a modificar alguna de nuestras creencias.
Cuando una creencia se instala en nosotros de forma sólida y consistente, nuestra mente elimina o no tiene en cuenta las experiencias que no se relacionan con ella.
Es bien sabido que si alguien realmente cree que puede hacer algo, lo hará, y si cree que es imposible hacerlo, ningún esfuerzo por grande que éste sea logrará convencerlo de que se puede realizar.
Todos tenemos creencias que nos sirven como recursos y también creencias que nos limitan.
Nuestras creencias pueden moldear, influir e incluso determinar nuestro grado de inteligencia, nuestra salud, nuestra creatividad, la manera en que nos relacionamos e incluso nuestro grado de felicidad y de éxito.
Son ideas que en un momento determinado llegaron a nosotros y porque si creímos, como el que cree que mañana sale el sol.
Las creencias se han ido formando, ocupando un espacio, una energía, se han ido materializando dentro de nuestros conceptos más arraigados.
Vienen a partir de lo que nos han dicho, de lo que hemos vivido.
Son maneras que nosotros creemos tener y ser, y que vienen más de otras personas, educadores, padres, experiencias de nuestros padres, por los medios de comunicación o en el momento que algo nos ha sucedido muy fuerte y se ha producido una impregnación en nuestro consciente o en nuestro inconsciente.
Creencias a veces escondidas en nuestro inconsciente, y que están teniendo una repercusión extraordinaria en nuestras vida, y es difícil acceder a ellas.
Por eso es importante tomarnos un tiempo.
Pensar en que creemos y librarnos de toda aquella creencia que nos limita.
Empezar a creer en lo valioso que somos y en todo lo que podemos lograr.