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La maravillosa sensación del soltar...
El difícil momento en que conscientemente comprendemos el real valor que tiene el "soltar".
Desapegarse, es una de las tareas más complicadas a las que el ser humano se enfrenta en algún punto de su camino, aquel en que simplemente y sin alternativa comprende que no hay más elección que desapegarse. Desapegarse de todo. Desapegarse incluso de uno mismo y del enorme peso que nos mantiene atados a una realidad que no es más que un sueño. Un sueño aplastaste que nos vuelve cadáveres vivientes que se sueñan viviendo.
Pero, ¿cómo podremos volar si vivimos arrastrando esa pesada carreta que lleva el peso toda nuestra existencia?, una que a través de muchas vidas o experiencias, va cargadando una aparente realidad que nos mantiene ciegos. Amarrados y esclavos del pensamiento, la mente, aquella loca que parlotea gimiendo como un rumiante herido y tuerto velando nuestra verdadera libertad.
Ese soltar ideas y creencias, soltar la ilusión de que somos espirituales cuando nos aferramos a la idea de la espiritualidad, soltarnos
de la cruz y de la vela, del incienso, del padre nuestro, soltarnos de nosotros mismos. De todas las creencias que nos aguijonean la poca luz que nos fue obsequiada para comenzar a caminar, a despertar.
Soltar todas las imágenes y formas, soltar las palabras que nos atan al rezo. Al gurú, al maestro. A los ángeles, guias, canalizadores, refranes y edificios costosos que albergan la salvación. A la creencia, cualquiera sea esta. Soltarnos al deseo de soltarse. Soltarnos a toda la amplia película que se nos ha pintado desde el comienzo de nuestros tiempos convirtiendonos en marionetas de un titiritero.
Soltarnos de todo lo que provoque una resistencia.
Mientras haya resistencia, no podrá fluir nada. Mientras haya deseo, apego, no habrá evolución porque realmente no comprendemos que al desear estamos presos de ese deseo. Encarcelados en el anhelar. Ciegos por la forma. En el pesado sueño del siguiente minuto.
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