
El ser humano inferior busca en todo la gratificación. Pero, el ser humano superior, el ser humano verdaderamente espiritual, está por completo libre de la sociedad, no tiene responsabilidades de tipo social; puede establecer una relación con la sociedad, pero la sociedad no tiene relación alguna con él.
En esta ruptura misma el ser humano descubre qué es la verdad, y esa verdad es la que da origen a la sociedad nueva, a la nueva cultura. Porque la sociedad no puede ayudar al ser humano a descubrir la verdad. La función de la sociedad es limitar al individuo, mantenerlo dentro de las fronteras de la respetabilidad. Únicamente el ser humano que comprende todo este proceso y cuyas acciones no son una reacción, puede descubrir qué es la verdad. Y la verdad es la que crea una nueva cultura, no así el individuo que busca la verdad. La verdad origina su propia acción, y el ser humano que anda en busca de la verdad y actúa sólo genera más confusión y desdicha. Es como el reformador a quien sólo le interesa decorar los muros de su prisión. Pero si uno comprende todo este problema de cómo la mente está condicionada por la sociedad, si permite que la verdad misma actúe y no que la acción se base en lo que uno cree que es la verdad, encontrará que tal acción genera una nueva civilización, un mundo nuevo no basado en el espíritu adquisitivo, en el dolor, en la lucha, en la creencia.
Responder a cualquier reto de acuerdo con nuestro condicionamiento es limitarse a expandir la prisión o decorar sus barrotes. Sólo cuando la mente comprende las influencias que le han sido impuestas, o que ella misma ha creado, y se libera de dichas influencias, hay percepción de la verdad, y la acción de esa verdad es lo que da nacimiento a un mundo y a una sociedad nueva.
Para percibir qué es la verdad uno debe estar totalmente libre de la sociedad, lo cual implica la terminación completa del espíritu adquisitivo, de la ambición, de la envidia, de todo este proceso de devenir.
Esta cultura se basa en el llegar a ser alguien, y está edificada sobre el principio jerárquico; el que sabe y el que no sabe, el que posee y el que no posee. Éste último está perpetuamente luchando por poseer, y el que no sabe por adquirir más conocimiento. Pero, aunque en muy escaso número, está también el ser humano que no pertenece a ninguna de estas dos categorías y cuya mente está muy quieta, por completo silenciosa. Sólo una mente así puede percibir qué es la verdad y permitir que la verdad actúe a su propio modo. Esta mente no actúa conforme a una respuesta condicionada; no dice: "tengo que reformar la sociedad". El ser humano verdaderamente religioso no se interesa en la reforma social, en la reforma de la vieja y de la corrupta sociedad, porque es la verdad y no la reforma la que dará origen a un orden nuevo. Si uno ve esto muy sencilla y claramente, la revolución ocurrirá por sí sola.
