
En ocasiones las películas encierran mensajes dignos de reflexión. Tal es el caso de "Esperanza de vida", filme que narra la historia de un eminente y exitoso doctor cuya única preocupación residía en colmar sus días con el agitado —y muy bien remunerado— trabajo en uno de los hospitales más prestigiados de los Estados Unidos.
Económicamente hablando a este hombre le iba de maravilla, hasta que un día, al ser revisado en el hospital por un insignificante padecimiento, se le diagnosticó cáncer en la laringe que, si bien era operable, podía poner en riesgo su vida. Entonces, la mirada del cirujano sobre la existencia le cambió para siempre.
De doctor a paciente
El doctor repentinamente se convirtió en paciente, entonces, bajo esta condición, tuvo que padecer todos los inconvenientes que un enfermo sufre y que solamente comprenden los que han experimentado esta desafortunada circunstancia.
Durante el trance conoce a una joven que se encontraba en la etapa terminal de un cáncer cerebral, pero que, a pesar de su agonizante realidad, llevaba la vida en una sonrisa. Así, entre ambos, se inicia una corta, pero profunda amistad.
A medida que pasa el tiempo, el médico aprende del entusiasmo de su nueva amiga, de la manera que ella enfrenta el sufrimiento, de su valor y dignidad, inclusive ante su eminente muerte.
La joven le enseña lo inútil que es temerle al futuro. Le muestra el coraje de vivir el presente y la fe para comprender que la luz basta para un día, para el respiro de un momento, así le regala el significado de la esperanza.
Una luz en el camino
El médico, de repente, comprendió que al haber optado exclusivamente por la excelencia profesional —vivir para trabajar—, había sacrificando su vida personal y familiar, transformado su vida en una larga y monótona siesta. Se percató que, aun cuando tenía familia, realmente vivía en una honda soledad y que el ruido del trabajo y el éxito lo tenían totalmente narcotizado.
Con dolor comprendió que deliberadamente se había abandonado a la rutina y por ende a la mediocridad y la desesperanza. Entendió que, a pesar del dinero acumulado y el éxito laboral, padecía una de las enfermedades más terribles de la época actual (peor que el cáncer), esa que es silenciosa e indolora, originada por la falta de sentido existencial y por la soberbia de pararse en el mundo con los brazos abiertos, extendidos, pero sin desear, en el fondo, acoger a nadie.
Enfermedad mortal
¿A qué enfermedad me refiero? A un padecimiento difícil de diagnosticar, pues la víctima lleva una vida aparentemente "activa", con miles de ocupaciones, siempre en busca de ser "prendida" y tentada por objetivos materiales siempre más altos, pero en el fondo todo es sólo fuga, vértigo. Me refiero a esa enfermedad que es mortal para el espíritu: la pérdida de fe, esperanza y sentido. A ese mal que se desprende del hecho de tener "suficiente religión para odiarnos los unos a los otros, pero no la bastante para amarnos, acogernos y respetarnos".
Así pues, el médico, al reflexionar sobre todo esto y ante la realidad de su enfermedad física y espiritual, paradójicamente, pudo percatarse de que aún tenía muchas razones para vivir, motivos que trascendían el campo laboral y el éxito material.
Entonces redimensionó su existencia, empezando por mirar con nuevos ojos —y a recuperar— a su familia y el verdadero sentido de su trabajo y vida. Aprendió que podía ser feliz aún padeciendo dolor físico, comprendió que cuando se sabe el porqué y el para qué del sufrimiento es aún posible contener alegría en el corazón.
Bajar los brazos
Antes de morir la joven, aún tuvo la fortaleza de ánimo para escribirle al doctor la siguiente historia: "En un lugar había una granjero que tenía muchos campos perfectamente cultivados, pero para cuidar sus posesiones tenía que mantener a todos los animales —salvajes y domesticados— lejos de los cultivos, para lo cual utilizaba toda clase de cercas y trampas. Aun cuando tenía éxito se sentía profundamente solo, así que un día se le ocurrió una idea: se fue a uno de sus campos y justamente en medio de él se paró para dar la bienvenida a todos los animales que quisieran entrar. El granjero permaneció ahí desde el amanecer hasta el anochecer con los brazos totalmente extendidos esperando el arribo de algún animal. Pero, para su sorpresa, ni un solo pájaro se le acercó, ni una sola criatura se aproximó, pues toda la fauna estaba aterrorizada por el nuevo espantapájaros".
Concluye aconsejando al médico: "Para que seas acogido por la vida lo único que debes hacer es bajar tus brazos, sincerarte, abre tu corazón, despliega tu alma, vive la esperanza".
Espantapájaros vivientes
Esta historia es muy cierta. Hay que admitir que en estos tiempos la mayoría de las personas andamos por la vida como espantapájaros: con los brazos muy abiertos, pero sin ganas de vivir, para recibir, pero no para dar, buscando artificialmente la calidad de vida, pero encontrando, para nuestro infortunio, mediocridad, soledad y sinsentidos.
Es innegable que nos convertimos en ese espantapájaros cuando, por ejemplo, en el trabajo hacemos lo mínimo necesario, cuando atendemos a ese cliente con prepotencia o sin ánimo; cuando vamos a la escuela con deseos de que el maestro no llegue; cuando "soportamos" a los hijos, a la pareja o a los padres; cuando negamos el corazón al necesitado que habita a nuestro lado; cuando en lugar de visitar con amor a nuestros padres, lo hacemos con amargura o resentimiento, o simplemente nos olvidamos de ellos; cuando negamos esas gracias a papá, a mamá, o a la esposa (o).
Somos espantapájaros cuando omitimos esa palmada de aliento a quien lo necesita; cuando pasamos indolentes ante el dolor y la miseria; cuando construimos muros en lugar de puentes; cuando ascendemos en la chamba para entregarnos a la soberbia; cuando volteamos el rostro para no ver a ese "limpiavidrios" que hace por ganarse la vida; cuando nos cerramos y evitamos entregarnos. En fin, espantapájaros somos cuando dejamos de existir por no "vivir" la tremenda aventura de la vida con pasión.
Sería bueno…
Paul Valéry decía: "Un hombre solo está siempre en mala compañía", y estamos solos cuando adoptamos la postura del espantapájaros.
Sería bueno aprender a bajar los brazos, a mantener abajo la guardia y, en lugar de eso, abrir el alma a la vida, conociendo y confiando en los demás, y sobre todo en Dios. Entonces también cultivaríamos infinitas esperanzas. De lo contrario, quizás podremos llegar a ser personas exitosas laboralmente, económicamente, pero también seres sin corazón: tristes espantapájaros vivientes, seres de paja, ciegos de la vida, con un inmenso hueco en el pecho, repletos del vacío de la desesperanza, secuestrados por la esclavitud y el miedo, aterrorizando a diestra y siniestra, esperando a que cualquier fuego nos queme para siempre, volviéndonos seres intrascendentales.
Afortunado fue este doctor al padecer la "gracia" de esa nefasta enfermedad y más el haberse encontrado con una joven moribunda, pero repletísima de vida, esperanza y amor, pues de ella aprendió que "nadie se preocupa de vivir bien, sino de vivir mucho tiempo, a pesar de que en la mano de todos está vivir bien y en la de nadie vivir mucho tiempo".