
Me encuentro completamente sola entre la multitud. Camino despacio, mirando a mi alrededor, en busca de cualquier atisbo de luz, de alguna cara conocida tal vez.
Es como un sueño del que no puedo despertar, al que no puedo ignorar y que siempre estará ahí, conmigo hasta el final de mis días…
Estuve perdida durante tanto tiempo… Entonces, creí ver la luz, una luz llameante y esplendorosa que me atraía hacia ella…No pude darme cuenta de que no eran más que las puertas del dolor, ese del que había estado huyendo.
Sucumbí, caí y mi corazón quedó dolorido, exhausto…
En cuanto a mi alma, desapareció para no volver.
Pero hubo algo que me hizo seguir, algo que silenció sus gritos y apartó sus manos de mí.
Algo que me hizo comprender que la luz no siempre te llevará al paraíso y las tinieblas te arrastraran al abismo.
Consideré que el puro hecho de obtener la felicidad sin esfuerzos dolorosos podía ser real…y lo era.
Pues no me tocaba vivir aquello. Solo debía quedarse en mi mente, en mis recuerdos, siendo una página arrancada del libro que compone mi vida. No un drama, ni una comedia, solamente una vida…una voz plasmada en un mísero papel.
De algún modo los gritos no continuaron. Y conseguí ver rostros conocidos entre la multitud.
No volví a acercarme a la luz, pues no fue lo que aparentaba. Tampoco fui arrastrada a la plena oscuridad, puesto que no era lo conveniente.
Simplemente, me quedé ahí, en medio de esa multitud que seguía sin escuchar y sin ver lo que no debía ser escuchado, lo que no quería ser visto. Sonriéndole a mi presente y luchando por mi futuro con garras y dientes. Me aferraría a él, a su cabello oscuro y sus ojos profundos y cautivantes. Y nada volvería a dañarme. Nadie volvería a engañarme.