
Aquí no hay fronteras, solo el cielo azulino y las nubes disolviéndose en lo infinito. Las estrellas y los cometas son mis testigos de amor, la brisa refresca la faz de mi rostro y mis memorias, para que mi amor pueda fluir sin inhibición.
Cuando esta belleza se funde conmigo, me acerco cada vez más hacia lo eterno. Y me apresuro en dejar este querido planeta llamado Tierra.
El alma viajera dentro de mí, aún desea volar dando algunas vueltas más alrededor del globo terráqueo, ansiosa de cantar, hasta rebosar el espíritu permitiendo que su amor se disuelva en muchas vidas antes de partir al más allá donde quizá muy pronto halla retorno. Ya que mi alma viajera solo ama todo lo que conoce, está muy renuente en volar hacia el PADRE CREADOR.
Sin duda alguna, donde resido es una dádiva del cielo. Después de más de sesenta y tres años de búsqueda, lo veo como el lugar ideal para leer y escribir, desapegado y sin la confrontación con la vida tan desgastante, mecanizada y llena de apuros en la cual se vive hoy.